Elicienia Ramirez Vasquez
A mis compañeros de la 3era promoción de Bachillerato Artístico en Teatro, 1996 y a los cómplices de Laura F.
Definitivamente, una de las cosas más maravillosas que posibilita el teatro y en general las artes escénicas es viajar haciendo lo que más te gusta. Todos aquellos que pasamos por el Bachillerato Artístico en Teatro del Instituto Departamental de Bellas Artes, un proceso de formación temprana en artes escénicas, tuvimos la fortuna de conocer, gracias a los montajes, muchos de los municipios del Valle del Cauca, así como otras ciudades del país. Cada una de las obras en las que participamos tiene al menos la impronta del recuerdo de un viaje memorable. Fotos, anécdotas y experiencias que marcaron para siempre nuestra particular adolescencia.
Pero creo, sin temor a equivocarme, que para los que hicimos parte del elenco de la obra "Nocturno para Lura F" nada supera la experiencia del viaje a México, realizado en noviembre de 1997.
Hacer memoria de este viaje ha sido todo un reto para mí, por los casi 20 años de distancia. Me queda una hermosa colcha de recuerdos, algunos testimonios, un álbum de fotografías y un par de evidencias oficiales que dan fe de esta experiencia: un documento que certifica mi participación como actriz en la obra, firmado por el maestro Ignacio Escárcega, en ese entonces director de la Escuela de Arte Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes de México y una imagen de la virgen de Guadalupe, hecha en plata de Taxco, que hoy reposa en un nicho de madera, al lado del salón 101 de la Facultad de Artes Escénicas de Bellas Artes de Cali.
Gracias a estos vestigios he logrado evocar algunos retazos de una sensación muy significativa, pues salir del país es una experiencia que, antes que nada, nos regala la posibilidad de vernos en perspectiva.
Ver más allá de los límites y las fronteras, dimensionar nuestros actos en otros contextos y, sobre todo, sentirnos ciudadanos del mundo, llamados a reflexionar y a aportar desde nuestro hacer.
Para dar forma a este relato he elegido el "álbum de fotos" como recurso narrativo.
A partir de cuatro imágenes intentaré tejer una memoria monofónica de una aventura compartida con 16 personas más que hicieron parte del equipo de la obra.
Gracias al programa Año de Profesionalización del Bachillerato Artístico en Teatro el "Nocturno para Laura F" estuvo en repertorio por más de un año. Escrita por Fernando Vidal Medina y dirigida por Víctor Hugo Enríquez, la obra se estrenó en la noche de graduación de los 12 estudiantes que conformaron la tercera promoción del Bachillerato Artístico en Teatro, en julio de 1996.
Con el propósito de dar continuidad a la obra y al proceso de formación de los egresados, la Escuela de Teatro de Bellas Artes abrió un espacio para la profundización en aspectos como: actuación, análisis del texto dramático, actuación ante cámaras y repertorio de la obra "Nocturno para Laura F". Programa que fue el punto de partida para la creación de la Licenciatura en Arte Teatral.
El año de profundización (1996-1997) permitió que la puesta en escena se convirtiera en un laboratorio para que los jóvenes actores nos apropiáramos y
comenzáramos a comprender la complejidad de la obra. El encuentro con diversos públicos como estudiantes y profesores de colegios, laicos y religiosos, médicos, asistentes de los festivales internacionales de Manizales y Pasto y el público en general, nos permitió conocer lecturas e impresiones tan valiosas que el Nocturno cada vez cobraba sentido y profundidad para nosotros. Se actualizaba permanentemente de manera que se convertía en la evidencia contundente de una crisis que hasta el momento nadie había notado ni contado. Cada función era una nueva catarsis en la que se evidenciaban los síntomas de una sociedad afectada por fenómenos como la globalización, la Internet y la virtualidad, el desencanto de fin de siglo, así como la imposición de nuevos valores con el narcotráfico y el terrorismo. Entrábamos a la era del pánico.
"Nocturno para Laura F" aborda el tema de la identidad y la mentira sobre la cual se construye el imaginario familiar y social de una joven de 18 años. Kassandro, un viejo amigo de la familia, le revela a Laura Francisca la oscura identidad de sus padres: Laura, su madre, no era cantante de ópera sino una cabaretera y Francisco, su padre, un famoso compositor, se había convertido en un borracho deschavetado. Ambos decidieron dejar a la niña con sus tías, quienes se encargaron de fabricar una vida perfecta basada en el engaño de un abandono involuntario por culpa de un accidente aéreo. Este choque inesperado con la realidad la arrastra al delirio y luego al abismo del suicidio.
Una noche en la sala Beethoven de Cali, este surrealista drama de engaños, delirios y pesadillas sorprendió al maestro Ignacio Escárcega. No sólo por la calidad poética del texto dramático de Vidal y la audacia en la puesta en escena de Enríquez, en la que los lenguajes urbanos lograban salvarlo del facilismo melodramático sensiblero, sino porque la obra abordaba problemáticas que, curiosamente, en ese entonces también eran recurrentes en Ciudad de México. Gracias a este encuentro afortunado, un mes más tarde el Instituto Nacional de Bellas Artes de México nos enviaba una invitación oficial para realizar dos funciones en el Foro Antonio López Mancera de la Escuela de Arte Teatral, en el mes de noviembre de 1997.
Sin embargo, no sería tan fácil, pues habría que resolver dos asuntos fundamentales. Primero, reunir de nuevo el elenco de la obra, pues ya había terminado el año de profesionalización en julio. Segundo, si bien se contaba con los gastos de hospedaje y de alimentación cubiertos, se tenían que gestionar 17 tiquetes para todo el equipo de la obra
Ya para el mes de agosto, muchos de los actores habíamos iniciado nuestras carreras profesionales en la universidad, algunos habían comenzado su vida laboral y otros habían decidido viajar a otra ciudad. A pesar de la ilusión de salir del país gracias a la obra y conocer el legendario país Azteca, se hacía más difícil encontrar los tiempos para los ensayos y negociar con las nuevas ocupaciones. Ya el teatro para muchos no era su prioridad, no era su plan de vida, ni su fuente de ingresos. Por su parte, conseguir los 17 pasajes se convirtió en un drama paralelo. En una carrera con el tiempo y las circunstancias se tuvieron que adelantar muchas gestiones con organizaciones públicas y privadas para lograr obtener el apoyo que hiciera realidad el sueño.
Finalmente, se logra obtener, de palabra, los recursos con el Concejo Municipal de la ciudad. Sin embargo, una semana antes del viaje, programado para el fin de semana del 1 y 2 de noviembre, todo se cancela. A esta altura ya se habían adelantado los permisos, las visas y cada uno había hecho grandes esfuerzos para contar con algunos ahorros para el viaje. Nos habíamos hecho ilusiones, porque además del deseo de conocer una de las ciudades más grandes y pobladas del mundo, queríamos vivir el tradicional día de los muertos, una fiesta llena de colorido y sabores ancestrales que caracteriza a la cultura mejicana. Esto hizo que el grupo se desmotivara más y se desarticulara. Sin embargo, gracias a los esfuerzos del equipo administrativo de la Escuela de Teatro, que nunca bajaron los brazos, ya iniciado el mes de noviembre fuimos convocados: salíamos de viaje y sólo nos quedaban dos días para prepararlo todo.
Para muchos, era el primer viaje en avión, la primera vez que salíamos del país y la primera vez en todo lo que significa hacer un viaje a un país donde el horario, el clima, las costumbres, los sabores, los olores y hasta algunas expresiones del idioma español son un poco diferentes.
Desde la ventanilla del avión en descenso supimos que la inmensidad y el asombro serían las constantes en nuestro viaje a una ciudad mágica, antigua y a la vez moderna, orgullosa de sus tradiciones y de su historia. En un hermoso cielo nos recibió el paisaje de dos amantes dormidos: Iztaccíhuatl y Popocatépetl. Dos volcanes coronados por nieves perpetuas que custodiaban la gran capital mexicana. En adelante, todo sería sorprendente para nosotros. Amplísimas avenidas, enormes plazoletas, imponentes catedrales, extraordinarios murales, impresionantes museos, pintorescos restaurantes y finalmente, el gran Centro Nacional de las Artes de la ciudad de México, al lado de los Estudios Churubusco, la meca del cine latinoamericano.
Sin duda, fuimos afortunados. Conocer la Escuela de Arte Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes nos obligó a mirarnos a nosotros mismos, a comprender la importancia de lo que veníamos a hacer: compartir nuestra experiencia y a sabernos parte de una invaluable tradición de escuelas teatrales en Latinoamérica, espacios de formación que se estaban haciendo preguntas sobre lo que significaba hacer teatro ad portas del nuevo siglo. De igual manera, encontrarnos con una institución tan moderna y descomunal en sus instalaciones y tan sólida en su organización académica y trayectoria, apoyada, además, por las instancias públicas y privadas de la nación mexicana, nos hacía pensar y sobre todo preguntarnos: Si Cali ha sido determinante para el desarrollo cultural del país, si afuera se le ha reconocido su valor y aportes a las artes latinoamericanas ¿por qué las instituciones de formación artística, y sobre todo Bellas Artes ha estado sometida a una constante estado de crisis, de precariedad, abandono y olvido?
Finalmente, el sábado 8 y el domingo 9 de noviembre nos presentamos en el foro Antonio López Mancera, de la Escuela de Arte Teatral de México. Una íntima sala que posibilitaba una relación más cercana con el público y exigía de nosotros mayor limpieza y sincro nía en cada uno de los cambios de escena.
Allí, el creciente delirio de una joven suicida, matizado por las atmósferas musicales y movimientos espectrales de objetos y fantasmas, permitió generar diversas experiencias sensoriales. Cuando ya se creía finalizado el compromiso que había motivado el viaje, apreció una función más que se realizó el jueves 13 de noviembre, dirigida a un grupo de empresarios colombianos residentes en México. Una función que además fue pagada con un regalo para todos: una excursión a la zona arqueológica de Teotihuacán.
Allí estamos todos, en la pirámide de la luna de la ciudad de Teotihuacan, que significa "lugar donde los dioses han nacido", agradeciendo a las estrellas que conspiraron para que estuviésemos juntos en este viaje que termina.
Ahora en la distancia, en la perspectiva que nos da el tiempo, considero que lo que podrían parecer meras anécdotas de las vicisitudes que se viven en los procesos artísticos, además de contribuir a la memoria de nuestra Escuela, podrían ser hoy el punto de partida para reflexionar acerca de dos aspectos.
Uno, ¿Qué impacto trajo para cada uno de nosotros esta experiencia en su vida personal y profesional? Y ¿Qué significó para Bellas Artes el programa del Bachillerato Artístico en Teatro y para la historia de la hoy Facultad de Artes Escénicas? Preguntas que son necesarias a la hora de valorar los procesos y programas de formación; un ejercicio fundamental que nos permite proyectarnos como artistas, docentes y sobre todo como ciudadanos. Pues si bien muchos no se dedicaron de manera directa a trabajar con las artes, sin duda esta experiencia de estimulación artística ha aportado significativamente a nuestros proyectos de vida y sobre todo a nuestra manera de comprender y relacionarnos con el mundo.
Y el segundo aspecto tiene que ver con la llamada gestión cultural. Que si bien es un concepto reciente, desde siempre ha existido este ejercicio de buscar los recursos y los aliados que le permita a los proyectos artísticos y culturales desarrollarse y mantenerse. Y haciendo este ejercicio de memoria me surge una pregunta: de aquella época a esta parte ¿Algo ha cambiado?
No quiero terminar sin antes dar las gracias a todos aquellos que hicieron posible este viaje inolvidable.