Alberto Ocampo
En este artículo, el autor plantea, desde su amplia experiencia como docente de las artes escénicas, diversas inquietudes con respecto a tópicos de gran interés para la comunidad académica: el gran reto de la proyección escénica, el rol del maestro en la vida de sus estudiantes.
In this article, the author considers, from his wide experience as a teacher of scenic arts, many topics of big interest for the academic community: the great challenge of the scenic projection, the role of the teacher (master) in the life of its students.
Apreciado lector, a continuación encontrará pensamientos, reflexiones, nacidas del corazón de la escena diaria, escritos con la intención de que lleguen a su corazón de aprendiz por el teatro y por la vida
Con pasos. Con muchos pasos. Así construimos los caminos.
Y así nos construimos los seres humanos.
Caminos que construyan seres humanos que hablen a su sociedad.
Para eso aprenderás a escribir desde el teatro, a escribir con tu cuerpo, un cuerpo que escribe en el espacio durante un tiempo.
Aunque al principio no haya certeza de cómo hacerlo.
En tu proyecto de vida reinará la incertidumbre, la zozobra, el desafío, el error constante y la sensación de frustración.
Aunque logres algo, siempre sentirás que pudo ser mejor.
Es un camino en el que la construcción y la deconstrucción van de la mano; por lo tanto, el reconocerse y desconocerse hacen permanente la sensación de crisis.
Crisis entendida como actitud crítica, y también como flexibilidad creativa.
Cada clase, cada lectura de un ejercicio confrontará tu observación.
Cada lectura será insuficiente para retener toda una secuencia de múltiples acciones y reacciones, intenciones y inflexiones.
También aprenderás cómo se enuncia el texto.
La gama de gestos, la historia, los temas y los conflictos que plantean.
Reconocerás todo lo que falta por leer, por apropiarse, para poder hacer lecturas sensibles.
No sólo para recoger “lo que pasa”, sino poder analizarlo.
Encontrarle sentidos, contextos, relaciones con sus imaginarios, sacar inferencias de lo apreciado, para bucear por los intersticios de lo ambiguo, para descifrarlo.
Y, por si fuera poco, tener la capacidad de aportar al mejoramiento de la narración desde cualquiera de sus lenguajes.
Además, si fuese posible, desde el discurso teatral, entendido como ese constante explicarse el porque hago lo que hago.
Palabras como precariedad, incertidumbre, crisis, error, improvisación, silencio, escucha, lectura, atención, concentración, juego, entre otras, hacen parte de la vida cotidiana del actor.
Sin embargo, se les suele otorgar significados negativos.
Palabras… palabras por incorporar. La palabra rutina, por ejemplo.
La rutina es valorada como aburrida, abulia, “no pasa nada”,
Sin embargo, en las artes escénicas, tener una rutina implica poseer derroteros, objetivos, cúmulo de acciones que hacen hábito.
Y, haciendo hábito, generan técnica, una técnica que pasa por el cuerpo, por eso el hábito es la incorporación de esa rutina en tu vida cotidiana.
Tener rutina lleva al grado máximo de apropiación del trabajo.
Eso sí: hay que alimentarla con la disciplina y observación critica diaria para mejorarla, cualificarla, pulirla.
Y con una buena rutina, en su debido momento, llegarás a la maestría mi joven aprendiz, a la esquiva maestría que cada vez te exigirá abrir nuevas fronteras.
Debes saberlo: la incertidumbre, la precariedad, la crisis son, en las artes, un alimento.
Un alimento que motiva a la búsqueda diaria de soluciones creativas a los problemas que irás encontrando
Estar en crisis, es estar en estado de alerta, de desvarío, de vigilia, de duermevela, La crisis es el estado que genera la necesidad de afrontamiento, de perseverancia.
Estas son dos actitudes fundamentales para alguien que quiera pertenecer al mundo artístico.
El estado de alerta permite adquirir la “sensación de vacío”, de inmensa ignorancia.
A su vez, sirve de incentivo para aumentar la curiosidad, las preguntas. Te motiva a estudiar más, pero un más potenciado por esas preguntas que surgen del estado de alerta.
Más ensayo/error.
Más alcances pequeños y valiosos cada día.
Alerta, crisis, precariedad e incertidumbre son estados que día a día deben ser fomentados con cada hallazgo y cada necesidad de mejoramiento.
El silencio.
La escucha.
La atención y la observación.
Ahora, para ti, todas cambiarán su connotación,
Antes, un profesor intentaba aglutinar su clase, reclamando a través de un grito:
“¡Silencio, presten atención! Y hubo silencio, muchas voces fueron calladas.
Es que, querido aprendiz, muchas veces, los seres humanos tenemos la intención de estudiar algo, no de aprenderlo.
La vida debe ser un camino en el cual, quien camina, debe tener seguro lo que quiere.
Eso dicen con frecuencia.
Que se debe saber para dónde va uno y, en lo posible, no dejarse sacar del camino.
Eso dicen con frecuencia.
Que no está permitido distraerse.
Nos invitan a luchar a brazo partido por ideales que, muchas veces, han sido concebidos por otros.
Porque para trasegar un camino no es pertinente la improvisación, ya que eso sería caer en el caos, perder el “norte”, la dirección.
Sin embargo, en el arte teatral y, en general en las artes, improvisar es una herramienta que permite la exploración.
La exploración viene precedida de estudio, conversaciones, puestas en común, aprendizaje compartido y descubierto en el mismo acontecimiento de la exploración.
Delimitación de búsquedas, de intenciones, como hipótesis que, justamente, van a ser confirmadas o rebatidas por esa exploración.
Cada juego de improvisación tiene como mínimo una intención y es sobre ella que, una vez jugada, se realizan lecturas descriptivas, analíticas y de interpretación.
Luego recogemos los materiales que aportan a la construcción-creación de la obra en cuestión.
Lo que en la vida cotidiana se considera síntoma de desorientación, en el teatro es la base para el encuentro de los cimientos que darán la estructura a tu obra.
Por eso tienes la imperiosa necesidad de “cambiar de chip”, de mentalidad, de cambiar o por lo menos de flexibilizar tu actitud de aprendizaje.
Son acciones concretas, que día a día se trabajan en la escena.
Porque, como nos decía un querido maestro, formar un actor es como pulir una piedra preciosa.
Y como decidiste venir aquí, sin duda, te convertirás, joven aprendiz, en esa joya, que será pulida por el proceso, pero con tu propio compromiso y autoconsciencia.
Joya tridimensional y con aristas, o quizás multidimensional y con aristas.
En cada entrenamiento se pulirán tu flexibilidad corporal y mental.
El brillo, la intensidad y duración de tu mirada.
Aprenderás a escuchar a otro en escena.
Se agudizará tu capacidad para encontrar soluciones instantáneas a las réplicas o acciones.
Aprenderás a leer y escribir para la escena, no para imitar la vida, sino para recrearla, y también, ojalá, para resignificarla.
Y si es posible criticarla.
Los pasos que hacen camino, los que forman artistas, son tan variados y tan exigentes.
Aprenderás a respirar, a caminar, a hablar, te lo repito. Deberás repetir muchas veces. Aunque siempre has caminado, hablado y respirado, lo aprenderás desde otra perspectiva.
Tendrás que dejar a un lado los prejuicios, renacer en el contacto físico.
La moral y lo religioso han conducido y manipulado nuestra vida cotidiana y nuestros actos.
No evitaremos estas miradas, pero si que las cuestionaremos y puliremos.
Ellas han generado desconfianza entre todos.
Insistimos a los niños en cuidar su cuerpo, “que nadie te toque”, solemos oír.
Entonces el niño asocia que tiene un cuerpo que hay que cuidar del otro.
Ahora reconocerás tu verdadero cuerpo.
Sin miedo. A fin de cuentas tu lo habitas.
Fui tejiendo las primeras puntadas del conocimiento y la pasión por el teatro con mi primer profesor de actuación.
Alejandro Buenaventura.
Él nos explicaba lo que estaba pasando en la escena, o las relaciones entre los personajes. Aún lo “veo” hacerlo; era para mí un regalo, porque se notaba el amor que profesaba.
Su entusiasmo para hablar. La expresión que desplegaba.
Nos llamaba ¡tigres!
A mí, que llevaba sólo unos días “dizque” haciendo teatro, eso me llenaba de valor.
Me nacían fuerzas insospechadas.
Aún siento esas maneras, esas estrategias; las recuerdo como un tesoro.
Esto me da pie para resaltar la gran responsabilidad que adquiere un docente cuando se encuentra con los ojos de una persona que pretende iniciarse en el teatro.
Esos ojos relucientes de deseo y temor.
La sensación de que el teatro nunca acabará, mientras haya un nuevo aspirante a realizarlo.
“Para hacer una obra de arte hagan de cuenta que tienen un gran bloque de mármol, al que hay cincelar con paciencia, con cuidado…
…Hasta que se llega a la esencia, apareciendo un caballito o un ángel o la Venus…
…Ese gran bloque contenía una obra de arte” Eso decía Alejandro.
Esa es la situación de aquel que está ante su docente. Como un mármol que espera ser valorado, explorado.
Descubierto, forjado, tallado, pulido.
Y ser convertido- convirtiéndose así mismo- en creador.
Es la situación de una persona que desea aprehender los secretos, los avatares, la vida del teatro.
Y, luego, hacerlo luego suyo, “como ese gran bloque de mármol”. Son esos los instantes en los que el docente dinamiza energías.
Sentimientos.
Pasiones.
Pero también impulsos, autoestima, fuerzas incontenibles dispuestas a asumir retos creativos.
Cuando cada formulación es un desafío, cada improvisación la oportunidad de vivir en otros mundos.
Inventar, sorprender, sorprenderse.
Sentir temor y realizar más allá del temor mismo. Cuando crear es como cruzar un río turbulento.
Como en la obra de teatro de Alonso Alegría: “El cruce sobre el Niágara”. Llegar al centro de la cuerda floja atravesando el Niágara, el punto del no retorno.
Un docente de teatro tiene la posibilidad de despertar aspectos y actitudes del ser humano.
Su profesión, por ello, es considerada como de alto riesgo.
Su material de trabajo es bastante delicado.
Es el ser humano.
Un ser humano que no se formará meramente en lo instrumental, ya que su formación implica el reconocimiento de sus carencias.
Y de sus potenciales.
De lo limitado de los mundos con que se relaciona, de la inmensidad que hay entre la ignorancia y el aprender.
Aprender a ver, oír, hablar, caminar, a leer, a interiorizar para luego expresar.
Un docente que cumpla este recorrido con sus estudiantes, dará vida a otras vidas.
Vidas que reconocerán un mundo. Que podrán recrear en el teatro.
Sesenta años.
Esta ha sido la cuota de producción sensible.
Y social, humanística y artística.
Lo que día a día se labra en cada sesión.
En cada hilo de una malla curricular.
En cada estrategia pensada y desarrollada por sus líderes y la comunidad académica.
Corroborada, adecuada, reformada.
Siempre con el ánimo de encontrar los resortes más eficaces
Para continuar “cincelando” seres creadores, re-creadores de la sociedad.
Productores de bienes culturales.
Los docentes podemos decir con orgullo: “…hemos tomado las riendas, la posta, la herencia que dejaron nuestros precursores, hemos hecho personas y hemos hecho obras de teatro”.
Ha sido mucho el sudor que cada sala escenario ha recibido y muchas las ideas que en ellas han surgido
Los frutos del estudio, y el estudio de los frutos.
De la intuición o de la escucha colectiva.
Esto ha permitido que cada idea se haya modelado, mientras se escuchaban otras o se contrastaba con otras.
Y, en actitud de alquimista, se retomaran y elaboraran de tal manera que, dieran la sensación de ser originales.
Originales.
Como lo es cada nueva sonrisa en escena, a pesar que muchos hayan sonreido antes.
La tuya querido aprendiz de actor.
Cuando el ensayo llegue a su fin, saldrás cargado de experiencias.
Nuevos aprendizajes.
Saldrás “renovado”.
Y, lo que es mejor, sabiendo que mañana aportarás al desarrollo de la clase Porque traerás nuevas propuestas.
Por éso el teatro está siempre en crisis.
Es efímero. Es suceso.
No hay un solo día que no tengamos nuevas sensaciones, especulaciones, descubrimientos y saberes (así partan de ignorancias).
Serán tu motivación para estudiar y ensayar más y más.
Aparecerán nuevas puestas en escena en cada semestre, como frutos de conspiradores creativos, dispuestos a ser transformados, metamorfoseados.
Como mariposas, en este caso como crisálidas que son metamorfoseadas por el arte teatral.
Ser formador de personas es un oficio tan valioso, pues el primero que se transforma permanentemente es el pedagogo.
Aunque muchos, entre ellos nuestros queridos dirigentes, no nos reconozcan.
Olvidan todo lo que el maestro brinda a la sociedad.
El abrazo, la sonrisa, la pregunta que atemoriza.
El amor, la tenacidad, el optimismo.
La capacidad de fortalecer el músculo de la creatividad. La intención permanente de fomentar la actitud crítica.
La actitud creativa.
De creer y desconfiar, de sentir orgullo por lo hecho.
Sabe que mañana habrá de mejorarse.
Esta ha sido la constante en cada experiencia docente.
Ser formador es más.
Mucho más.
Igual que el aprendiz Maestro y estudiante, son voluntades que se juntan.
Para enseñar, para aprender. Para compartir sus crecimientos.
Como seres, como actores, como artistas.
Si la educación asumiera la sensibilización artística como componente fundamental, otros serían los escenarios de aprendizaje.
Saber significativo, gozo por la escuela.
Otros serían los logros que habrían de redactarse, de reconocerse públicamente.
La constante cambiaría.
Comunicación, tolerancia, debate, creatividad, producción de conocimiento.
Esa sería la constante.
Actitudes positivas para la vida.
El interés de enseñanza y aprendizaje. Olvidaríamos la deserción, la apatía.
Si, como tú, mi querido aprendiz, todos los estudiantes practicaran el teatro, sus habilidades se potenciarían.
Habilidades sociales, creativas.
No importa si algunos no llegan a ser actores, como un día lo serás tú.
Pero, con seguridad, te lo garantizo, te convertirás en un mejor ser humano.
Y a pesar de lamentarnos por la ausencia de reconocimiento, esa constante se da todo el tiempo, y es lo que justifica que tu, joven aprendiz y yo, veterano actor y docente, estemos aún en esta constante búsqueda de la crisálida que quiere metamorfosearse en una reluciente mariposa en el escenario.
Fin