Sandra Zea
La fotografía de teatro consiste en unir dos artes diametralmente opuestas: el teatro, cuya particularidad radica en su condición efímera, y la fotografía, que se asienta en el propósito de fijar el instante.
Intentar fijar lo que sucede en una obra de teatro es un contrasentido; sin embargo, es legítimo el propósito de consignar una memoria, de elaborar una mirada, de expresar a través de la fotografía el sentido de esa mirada, su punto de vista, su comprensión sobre el asunto. La esencia del teatro es su calidad de acto efímero, de elaboración que, como la vida misma, se evapora en el instante de su realización.
El teatro es una suerte de aceptación de lo efímero, de homenaje a lo que se nos va, sin resignación. En el teatro somos conscientes de nuestra condición de briznas, de polvo de universo, que hace belleza, construye mundos, crea. En el teatro nos aplicamos en in- tensas jornadas a construir un mundo, una vida; con luces, vestuario, escenografía, textos, acciones, personajes, que existen durante el breve espacio del encuentro con el público.
La conmoción resultante de ese encuentro es lo que, para mí, le da sentido: un instante efímero que descubre y revela asuntos fundamentales de lo que significa ser humano.
Ese encuentro entre la mirada y el acto, que reverencian la finitud, el cuerpo, el riesgo, lo inseguro, la fragilidad humana, a la par que evidencian el coraje, la inmensidad, la potencia, hace del acto teatral un acto heroico; el asunto que subyace es la condición humana, en cuanto a su efímera sustancia contrastada con la determinación que le lleva a construir mundos, a su vez efímeros.
Cuando no estoy en las tablas montando mis propias obras teatrales, me ocupo de tomar fotografías al teatro: captar con mirada aguda y escrutadora esa heroica condición es mi reto.
Así, la fotografía se convierte en instrumento y en medio. En instrumento de estudio, de investigación, de comprensión del asunto teatral. En medio para elaborar una obra a partir de la obra, objetivar mi mirada. Me sumerjo, con profundo respeto en el acto teatral.
La cámara fotográfica, que en el caso de un espectador sería un obstáculo para lograr la compenetración necesaria entre el acto y la mirada, se convierte en trampolín para construir una nueva obra, que adicionalmente me permite compartir con el mundo mi pasión por el hecho teatral y difundir, a través de esta, la sorprendente alternativa que es lo teatral en el mundo de hoy.
Si no fuera por ello, no me perdería nunca, detrás de una cámara, el gozo que se me ofrece al ser espectadora de una obra de teatro; la magia, el embrujo que se teje entre mi mirada y la acción en escena.
El espectador requiere todos sus sentidos para compenetrarse con la obra, su disposición a encontrarse con los actos escénicos completa la obra; si algo lo distrae de esto, se convierte en un enemigo del momento teatral.
El archivo fotográfico que estoy construyendo pretende ser, entonces, un documento histórico, medio de difusión y obra de arte en sí misma; y, con reverencia, hacer evidente la multiplicidad, la sutileza y la fortaleza de la expresión teatral. Esta es mi perspectiva, la de una teatrera que le hace fotos al teatro.