Alberto Bejarano
Director del grupo de investigación en literatura comparada en el Instituto Caro y Cuervo. Doctor en filosofía y estética de la Universidad París 8 (tesis sobre Roberto Bolaño). Profesor e investigador universitario con una trayectoria de quince años en Colombia y el extranjero. Poeta y dramaturgo de monólogos y piezas breves.
Sus principales áreas de trabajo y de investigación son: literatura comparada, artes contemporáneas, filosofía francesa contemporánea, literatura hispanoamericana y portuguesa y literatura colombiana. Le interesa la relación de la literatura con otras artes, incluida la creación en espacios como el teatro, la danza y las artes vivas y visuales.
Senén Mosquera: arquero y músico. Viste una sudadera azul, unos guantes de arquero viejos y una gorra.
Entrevistador: vestido de jean, chaqueta negra y gafas.
Una mecedora, baúl con VHS y casetes; un armario; un álbum de fotos familiar; una mesa pequeña; una silla.
Duración: 30 a 45 minutos
Se cuenta la historia de Senén Mosquera (Buenaventura, 8 de febrero de 1938 – Bogotá, 20 de mayo de 2018). Fue arquero de Millonarios y de la Selección Colombia. Alternó las canchas con la salsa, en su mítico bar Mozambique del parque Lourdes, en la Bogotá de fines de los años sesenta, entre 1968 y 1973. Legendarias figuras de la salsa tocaron, hablaron y bebieron allí. El grupo Niche debutó una noche perdida… Acá, una obra corta de dos personajes, inspirada en las pocas grabaciones y videos que se conservan y en la crónica de Alberto Salcedo Ramos, “Senén, el precursor”, publicada en el 2014 en el libro de Idartes sobre la salsa en Bogotá, Fuera zapato viejo. En esa entrevista Senén le dijo a Ramos: “En Quibdó crecí oyendo Radio Progreso, la emisora cubana. Yo desde pelao conocí a Machito, a su hermana Graciela, a Depiní, a Benny Moré, a Compay Segundo, a Bienvenido Granda. Antes de volverme futbolista, yo creí que sería músico”.
Senén, un hombre afro de edad madura, sentado en una mecedora. Mira a la izquierda. El entrevistador, con apariencia de profesor, tiene gafas, una libreta y una grabadora.
Senén Mosquera: Ahora usted ha recompuesto otra vez el grabador y puedo sentarme cómodamente en la mecedera de mimbre. Fue de lo poco que me quedó de tanta carrera, de tanto ir y venir, de tanto trasnocho, de tanta andadera, de tanta enredadera, de tanto bororó…
Entrevistador: Gracias, don Senén, permítame un momento… ¿qué es bororó?
Senén: Ya le dije que me diga Senén, a secas… Bororó es el agite, el corre-corre, el runrún, el ajetreo, el maquiné…
(Senén mueve nerviosamente las manos y acelera el vaivén de la mecedora)
Entrevistador: Listo, ya la capté, perdone, sigamos…
Senén: Le decía que es tarea contraria a ser un cancerbero, eso de estar detrás de la barra con el tocadiscos. En el arco aguantaba el viento en contra, los gritos del profe desde la raya, el quemor del balón de cuero a mano limpia… En el bar le daba la vuelta a los acetatos y destapaba cervezas. Si me hubiera parado así delante de la caja registradora, no estaría ahora en esta tullidera, pero no pudo ser…
Entrevistador: ¿No pudo ser qué?
(Senén se levanta con dificultad de la mecedora. Se mueve como un gigante, se proyecta su sombra en la pared. El entrevistador tacha y tacha)
Senén: Bah, eso ya no importa… Si supiera leer de corrido, le tacharía lo que me corrige con un lápiz rojo, como lo hacían mis profesores de Andagoya, en el Chocó, antes de venirme para Bogotá en el año 58, 59… y pensar que solo alcancé al cuarto de primaria, y eso, por la pura briega de mis viejos… El profe Cozzi me dio el pase a primera división y luego me banquió, fue el médico Ochoa quien me afianzó en la titular azul, mientras él estuvo yo fui el titular.
(Cierra los ojos y se santigua. Luego mueve la mecedora a la derecha)
Bueno, tuve mis altas y bajas, a veces me le perdía de las concentraciones o no llegaba a entrenar, unas me ponía igual, otras no me dejaba subir ni al bus. En esa época a los extranjeros sí les permitían esos lujos. A nosotros no. En “Mozambique” era distinto. ¿Ya le conté que le puse ese nombre a mi bar, el primer bar de música afroantillana de Bogotá, por el álbum de Ricardo Ray de 1968? Mozambique 3 and I…
(Música: 30 segundos de la canción “Mozambique 3 and I”)
Los paisanos me decían: “Senén, Mozambique, vos y yo”, todos gozaban, hasta los paisanos que jugaban en el Santa Fe, pues en el bar no había diferencias de colores ni de clases ni de estilos. Todos éramos melaza que ríe, como lo cantaba Maelo, melaza que llora, éramos vasos de colores, de los grandes, de los espumosos, ¿me sigue?
(Pausa)
Entrevistador: Hábleme de Maelo, por favor.
Senén: ¿Qué más quiere que le diga? Escuche sus discos, ahí está todo. Escúchelo sobre todo a capela, bah, eso ya no puede ser, y no sé si haya alguna grabación de Maelo cantando a capela, eso sí era cantar, cómo improvisaba, así lo escuchamos tantas madrugadas en el bar con sus y mis cachimbos…
(Se oye de fondo la voz de Maelo a capela)
Entrevistador: ¿Y se acuerda del estribillo?
Senén: Era algo así como tin tin, din din…
(Pausa)
(Pausa)
Es mejor ir de a poco para que se entienda mi historia. No vaya a ser que me coja la muerte sin pedir permiso y quedemos a medias. ¿Estamos? Dictarles estos recuerdos es como pararse frente al monstruo que iba a cobrarte el penal, mirándote a los ojos para reventarte el arco o la maceta, lo que viene a ser lo mismo.
(Pausa)
Yo tenía mi método, así lo llamaba el médico Ochoa, yo no le ponía nombre, yo me echaba la bendición pa’ mis adentros y raspaba la arena de la línea como un toro que va a embestir y… aguantaba la respiración hasta que presentía a qué palo me la iban a poner… los goles que me hicieron de penal iban al medio del arco.
(Pausa)
(Se santigua)
Cuando ya hemos desenfundado, cuando soltamos el aire y nos quitan el aliento. Era duro levantarse. Era duro ir a buscar el balón dentro del arco. Yo tiraba la bola de un manotazo hasta el centro del campo y me quemaba en el cuerpo una calentura que no me pasaba hasta el otro partido. Así se ganara el juego, a mí me daba lo mismo. Quedaba embromado, como decía Cozzi. Bueno, estoy exagerando. A la noche me tomaba unos rones y a pura descarga me quitaba la fiebre de encima. También era buen percusionista. Incluso grabé un long play, ¿lo tiene?, no sé, yo lo tuve en Mozambique, pero se perdió con todo el resto. Qué se le va a hacer, uno se va haciendo viejo y se le van acabando las revanchas.
(Senén arrastra los pies y busca en un baúl unos VHS viejos, le pide al entrevistador que ponga un. Se ven imágenes de arqueros del pasado, como la Araña Negra, Carrizo, …)
Entrevistador: ¿Usted sale ahí, don Senén?
Senén: Ya le dije que…
(Pausa)
Bueno, yo era un arquero anti-penal, no era un showman como Carrizo ni como el Loco René, que vino después, yo era más de la escuela del Caimán Sánchez. Era un atajador de mano limpia, me decían los compañeros que tenía más pinta de boxeador, me vacilaban diciendo: “Eres el Pambelé de los tres palos”, je, si supieran, yo con Pambelé, todas las que hicimos… en Mozambique se sentaba en la esquina de la barra y apuraba sus rones sin chistar con nadie y al que cogía mal parqueado lo noqueaba con su jab de izquierda, fajador que era… los delanteros decían que yo los arrinconaba con la mirada y los amenazaba con mis gritos guturales, mandril, gorila, negro hp, me decían y yo me reía. Yo les cantaba en el bar, “te causa risa, oriza”. De todos los apodos de mi carrera, el único que me gustó fue ese, Oriza. Tocar las congas era un exorcismo, muchacho, ah, los rumbones que hacíamos en Mozam, ja, ahora hay un banco donde antes sonaba Cortijo cada noche.
(Se proyectan imágenes de boxeadores como Jack Johnson)
Entrevistador: ¿Ahí sale Pambelé?
Senén: Ah, usted no entiende nada…
(Música: 30 segundos de la canción “Mozambique 3 and I”)
Entrevistador: Yo nunca había escuchado de Cozzi.
Senén: (Hace una mueca de desagrado) ¿Dónde íbamos?... Cuando venían los grandes a Mozambique, yo sacaba el destilado de viche que me traían del Chocó, tomaseca amarga, la que tomaba por las mañanas antes de entrenar. Tómese uno, por los viejos tiempos.
Entrevistador: Salud.
Senén: Salud.
(El entrevistador le sirve un par de tragos al público)
(Música: 30 segundos de la canción “Mozambique 3 and I”)
Entrevistador: Me estaba hablando del médico Ochoa, tampoco sabía quién era.
Senén: Usted de fútbol nada, ¿no?, solo quiere que le hable de salsa y salsa… Yo me le volaba al médico Ochoa, ya yo había sido campeón con Millonarios… y me volaba para mi bar… Ah sí, cuando venían los grandes, Ismael Rivera, Daniel Santos, Miguelito Valdés, los de La Sonora, Leo Marini, Bienvenido Granda y Nelson Pineda, y hasta los más pollos como Lavoe y Joe, ah, siempre caían a Mozambique, quedaron muy buenas fotos que un domingo vendí por mil pesos en el mercado de las pulgas. Unas estaban autografiadas y yo posaba con ellos, con mis tambores, y como brindábamos con viche y cervezas bien heladas. El Anacobero fue un amigo, al que más traté, el que me recibía en su hotel cuando venía, ya después de cerrar el bar, hasta que se nos murió también.
(Gira la mecedora hacia la derecha)
(Música: 30 segundos de la canción “Mozambique 3 and I”)
(Pausa)
Y pensar que en los ochenta el médico se fue a dirigir el América de Cali, a él, buen paisa, que nunca le gustó la salsa, le tocó tener en sus filas al capo del equipo, nada menos que a Willy, el mejor bailador que había, junto a Morón y a Umaña. El médico se iba de ronda para Juanchito, ja, como dice el bolero, pero no a buscar sus amores, sino a sacar del pelo a sus jugadores, primero a Willy y a toda la banda que lo seguía, incluyendo a los del Cali, a Umaña y a Zape, que se juntaban en una sola marea, con o sin clásico en el Pascual, igual, se iban todos para Juanchito con todo el combo de amigos que habían conocido en Mozambique, con los más pelaos, con Jairo Varela y Alexis Lozano y hacían de las suyas. Cuando yo iba a Cali, terminaba tocando los bongoes con Henry Fiol, Ismael Miranda y La Ponceña, en cada remate de feria, cuando celebraban por igual los títulos del América con las súper orquestas que llegaban, y los del Deportivo Cali azotaban parejo. Todas esas fotos se esfumaron. Quien sabe dónde fueron a parar, como un bolero de El Anacobero. Ya me entró la tembladera, la mala hora, el bajón, muchachos, se me nubla la vista, perdónenme. Por eso no serví de técnico, yo no podía ir a sacar a los jugadores… de mi propio bar.
Entrevistador: Hábleme más de ellos, de los cantantes y de Cali.
Senén: No, yo de Cali ya no quiero recordar nada…
(Pausa)
(Pausa)
(Pausa)
(Gira la mecedora de espaldas al público)
Yo no pasé por las aulas, a la Nacional solo la conocí cuando iba a entrenar con Cozzi y con el médico. Le dábamos vueltas al trote a la ciudad blanca hasta que el soroche nos patiaba, a los negros y a los argentinos. Yo ni entendía mucho al principio lo que hacían los estudiantes ahí, yo sí escuchaba historias de política y hasta conocí al padre Camilo Torres, pero no sabía bien qué decirles. Me acuerdo de Truque y del maestro Zapata Olivella, otro médico, ellos sí sabían dar las peleas. Fue después ya entrado en Mozambique, fue ahí que supe de Mandela y de las peleas raciales y me metí un poco, ahí les guardaba material y me hice muy amigo de Bateman y de otros del M-19, pero de eso no quiero hablar mucho, no vaya a ser que nos emproblememos. Y ya a estas alturas, qué voy yo a saber defenderme. Me fusilan a quema ropa y me quedo parado sin pestañear.
Entrevistador: Eso, eso, de los escritores, cuénteme más de ellos…
(Gira la mecedora hacia el público)
Senén: No soy muy leído, pero me gustaba escuchar a los poetas en Mozambique declamar las oraciones improvisadas, destiladas en las madrugadas, unos versos fañosos, recogidos de los llantos, de las traiciones, de las ilusiones más pérfidas… algunas las escribían en las etiquetas de las cervezas. Nada sobrevivía. Los poetas se abrazaban a las fieras del sereno, se iban sin pagar, tampoco iba yo a cobrarles, faltaba más, me firmaban unos vales chimbos, en papel de fumar que se evaporaba al rato y se olvidaba la cosa. Nadaistas, les decían, pero los más amigos eran los paisanos, de todo el litoral, y los de paso, caribeños de raíz como el ron que los envolvía, de Borinquen, de Cuba, de Panamá.
(Senén arrastra los pies y va al armario, saca camisetas de Millonarios y un esmoquin viejo)
Al paraíso se va de frac, al infierno se llega empujado en la punta del pie. Uno no quiere morirse, es mentira, no le crean al que les eche ese cuento. A la muerte solo empecé a consentirla cuando vi morir en pleno escenario a Miguelito Valdés en el Hotel Tequendama, en las navidades del 78 o 79, se me escapa la paloma a la hora de hablar de fechas. A Miguelito lo mató la altura. Esa casi me la hace Cozzi recién llegado a Bogotá. Ya estoy como un disco rayado, de tanto darle manivela se desbarajusta el tiempo. Las revoluciones se mezclan y al saltarse la aguja los de 33 son de 45 y los 45 hasta de 78. La vida, mejor dicho, la juventud, que es la gran vida, el puro vigor, la permanente, me refiero a la arrechera, muchachos, todo eso es como la aguja de los tocadiscos.
(Se santigua)
(Pausa larga)
(Suena “Mambo gallego”, versión original)
Entrevistador: Permítame yo le pongo ese tema, le traje un regalito, acá lo tiene, en vinilo.
(Música: 30 segundos de la canción “Mozambique 3 and I”)
Senén: Oh, cómo suena, como si fuera ayer todavía…