Crónica de una perseverante fe


Memoria de Papel

Autores

Julio Cordero

Actor, titiritero, dramaturgo y director cubano. Se ha especializado en el teatro de títeres para niños, sobre todo para los formatos para cine y televisión. Miembro del Equipo Creativo de Series y del Consejo Consultivo del Instituto Cubano de Radio y Televisión; y del Grupo de Expertos del Consejo Nacional de Las Artes Escénicas, del Ministerio de Cultura. Actualmente es Director General del Proyecto teatral “Barco Antillano” del Centro de Teatro de la Habana. Cuba.

Crónica de una perseverante fe

Como llevo el recuerdo de Ruquita apresado en mi memoria, envío estas memorias que tratan sobre aquellas cartas y notas que nos cruzábamos y que sirvieron de base a una larga y fructífera relación profesional entre ella, Ana Ruth Velasco y yo, Julio Cordero.

Siguiendo el orden de los hechos, narro esta mínima historia de dos personas que la vida relacionó a causa de esos mínimos actores de trapo y papel, conocidos como títeres y el venturoso empeño por su dignificación.

En la Foto: Taller de Creación con Julio Cordero, Ivan Barlaham Montoya, Ricardo Vivas Duarte, Jorge Humberto Muñoz Villarreal, Ricardo Mosquera

La invitación

Quiero empezar por referirme un tanto al contexto histórico en que ésta relación surgió, a manera de introducción.

Eran días trascendentales para el mundo moderno, 1989-1991, en particular para mi país, aunque confieso que yo entonces no alcanzaba a comprenderlo en su verdadera dimensión. Más que a la falta del poder de análisis, creo que se trataba de un cierto embeleso social en que veníamos los cubanos de la época.

Hasta ese momento la vida nuestra había sido tan floreciente, que la idea del derrumbe de la URSS y el campo socialista nos era simplemente inconcebible. En realidad, no estábamos en capacidad tan siquiera ni de figurárnoslo. Sin embargo, la dirección política del país nos anunció, sin ambages, que ya estábamos, de facto, metidos en el epicentro

de una tormenta social, nombrada para lo interno como “Opción cero”, es decir

¡cero de todo! Luego sería bautizada eufemísticamente como Periodo Especial. Se trataba de una crisis que afectaba a todo estamento social. Es decir que nosotros, los que trabajábamos para el sector del arte y la cultura, no seríamos la excepción.

Ni yo ni nadie, en ese momento, podía calcular el trágico contenido de aquel concepto. Lo que sí puedo decir, desde mi perspectiva como gente de pueblo, es que una libra de arroz que costaba 20 centavos apenas, de repente, llegó a alcanzar hasta el costo de 40 pesos -en entonces a la par que el dólar- si es que lograbas conseguirla.

Sin embargo, yo me alistaba para iniciar el rodaje de una serie de ciencia- ficción llamada Lunas Opacas. Pero la guionista, Daína Chaviano, escritora ya notable en el género de aventuras, viaja al exterior y al estilo de otros opta por no regresar al país. Y lo que fue peor para el trabajo, hizo pública su decisión a través de Radio Martí, una emisora enemiga de Cuba. Razón de más para que los 60 capítulos de media hora cuidadosamente estudia- dos se nos vinieran abajo de golpe.

Sumido en toda esta baraúnda me encontraba cuando me llegó la noticia de una invitación.

Carta facsímil de una de las invitaciones de Ana Ruth Velasco a Julio Cordero. Septiembre 2 de 1991

Del origen

Y yo me preguntaba: ¿Una invitación a Colombia? ¿A mí? Bueno, la propuesta de dictar un taller tenía sentido, pero ¿en Cali, Colombia? ¿Y yo allá a quién conocía? ¿De dónde viene la recomendación? Lo único que suponía saber sobre Colombia era el tema de la coca.

Me avergüenza decirlo, pero eso era lo que sabía entonces. Pero no hay que extrañarse, pues ese era el común pensar de la gente en ese entonces. Lo más puntual que se sabía estuvo relacionado con Pablo Escobar y su vínculo al caso de Arnaldo Ochoa, un ex héroe de la República de Cuba. Fue a causa de la repercusión que este hecho tuvo en la prensa internacional que supe de Colombia.

Fue luego, con las lecturas de las cartas de Ana Ruth, que descubro detrás de todo aquello la mano amiga de Antonio Orlando Rodríguez, años después Premio Alfaguara de Literatura. Sabido esto, resultó estimulante aquella invitación para mí.

De este talentoso escritor yo había llevado a la pantalla cubana, en un periodo que va desde 1980-1990, varios títulos, como: “Aventuras del Viejo Jotavich”, (muy conocida); “Mi amiga Dora”, basada en las obras del teatro de títeres de Dora Alonso, y “El Mago del Cachumbambé”, ganadora del Premio Caracol, UNEAC, inspirada en el cuento “El Mago de Oz”. Todas estas series fueron realizadas con muñecos, especialmente concebidos para la televisión.

Al parecer Antonio Orlando, que había marchado al exterior para asuntos culturales, se había llevado algunas muestras de nuestros trabajos, y en su continuo ejercicio de charlas y conferencias, había llegado hasta Cali, Colombia, y fue por ahí- creo yo- por donde le había entrado el agua al coco.

Recordé que un día, antes de su partida, me había dicho:- Te va a llegar una invitación.- Pero, en honor a la verdad, lo tomé más como halago que como propuesta. Y así lo dijo y así pasó.

De las cartas

Es a través de mis cartas que Ruquita alcanza a comprender la dimensión real del taller al que aspiraba. El hecho de estudiar el programa de clases, la metodología de su aplicación, y toda la logística que yo le proponía, le sirvieron de mucho a la hora de elaborar una estrategia eficaz para el caso. Otra fuente fue mi hoja de vida, que unida a las muestras de Antonio Orlando, le sirvió para completar una visión más objetiva acerca de la tarea que nos proponíamos enfrentar.

Ya con esto discernido, empieza la batalla por conseguir los recursos financieros para esta empresa.

Si la estrategia de mis cartas consistía en ayudarla a comprender la envergadura del taller que proponía, la estrategia de las suyas fue la de mantener vivas en todos, no sólo en mí, a pesar de las dificultades, la convicción de lograrlo.

Al principio, y pese a la crítica situación en que me hallaba, no acepté la invitación, por cuanto me parecía iluso pensar en enseñar títeres para televisión en solo unas horas durante el día, y en el transcurso de una sola semana. Mínimo- le escribí- necesito 21 días. Y en realidad lo tuvo muy en cuenta. Ahí, en ese instante, quedé atrapado por aquella proposición.

Con relación al tema de mis honorarios, confieso que la cifra no tenía algún significado entonces para mí. Me explico. Lo primero es dejar claro que si bien su oferta buscaba cautivarme, yo la tomaba como un acto de generosidad. Y no sólo a mi persona, sino a nuestra situación. Pues yo crecí bajo la bandera de la solidaridad internacional, signo del sentimiento de la época. Y lo que señalo es básico para entender mi comportamiento. Jamás percibí, entre nosotros, señal alguna de negociación. En ninguna de mi respuesta le hice referencia al tema de los honorarios. Incluso esa palabra no existía en mi diccionario y más que darle una denominación de valor monetario, la creí relacionada al honor, un pago moral -me decía Ruca-, porque en verdad era al que estaba acostumbrado recibir. Pues las certificaciones eran la moneda de mayor uso en mi país.

Así, bajo estos términos de transparencia, se fundó nuestra relación de trabajo, base fundamental de lo que luego fuera nuestra amistad. Todas las cartas, por dos años cruzadas, dan testimonio a mis palabras.

De los carteros

Fueron varias las personas que tuvieron la cortesía de traer y llevar cartas de Ruca a Julio, de Julio a Ruca. Uno de estos encomenderos fue Augusto Díaz, profesor de filosofía de la Universidad del Valle, ya fallecido. Con esta persona tuve desde sus días en la Habana y mis días en Cali, incluidos aquellos pasados en el Café de Los Turcos, la oportunidad de estrechar relaciones tan cálidas como beneficiosa para nosotros, y para todo aquello cuanto ambos representábamos.

Cuando lo conocí viajaba a Cuba con la misión de visitar la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, (UNEAC), tarea en la cual acompañé en varias ocasiones. Por él conocí a Jaime Galarza, por ese entonces rector de la Universidad del Valle y a través de él a Mauricio Domenechi, Jefe de la Facultad de Artes Escénicas, en esa época.

En ese ir y venir de corteses carteros estuvo Hernando, hijo de Ruquita; Julia Rodríguez, diseñadora de luces del Ballet de Cuba; y Miguel Cabrera, su historiador. Todos, gracias a la relación de colaboración entre el Ballet de Cali y el Ballet de Cuba.

Otro chasqui fue Wichy Guerra, de Proartes, a quien conocía desde Cuba, quien además de cartas, nos llevó y trajo solidaridad.

Pero entre todos los emisarios fue Lucienne Vaca, la amiga y vecina de Ruquita, la persona con la cual tuve lazos imperecederos de amistad profunda. Y una perseverancia así, -pensaba- tenía que ser, necesariamente, por algo más que adquirir nuevos conocimientos.

Dos años de cartas y carteros dieron, al fin, su fruto.

Al fin en Cali

Al fin, un día, llegó a mis manos el tiquete de viaje: 10 de septiembre de 1993, una fecha que, por muchas razones, marca un giro en mi vida profesional. De ese día, amén de abrazos e impresiones del viaje, hay tres detalles que deseo señalar.

El primero es que a la salida del aeropuerto de Cali leo en una valla gigante que dice: Bienvenido a Cali, tierra de oportunidades. Pensé que el anuncio era para mí y lo tomé en serio.

El segundo sucedió cuando iba camino a la ciudad, ya era la noche. Llegando vi a lo lejos, sobre el horizonte, un grupo de estrellas que no lograba identificar. ¿Una constelación? -pregunté incrédulo- Y la respuesta fue una explosión de carcajadas. -Son las luces de Siloé, Maestro -Me respondieron- Yo dije para mis adentros: “La hice” pero una lluvia de razones me sacó del error y como buen samaritano, me sume a las risas. Pero a partir de ese instante, empecé a sentirme entre personas franca, queridas. Y eso fue muy alentador para mí.

El tercer suceso comenzó cuando me llevaron a dormir al apartamento de Lucienne Vaca. Su compañero William me obsequio un ejemplar de “Momo” de Michael Ende, una novela que siempre quise leer. Si ese hecho llamó mi atención, más grande fue cuando, tres días después, me llevaron a ver su escenificación . Entonces creí que todo formaba parte de la bienvenida. Qué importante me llegué a sentir. Pero lo más lindo del caso es que yo me preguntaba ¿Y cómo supieron ellos que a mí me encantaba Momo? Así de halagado me sentí en Cali cuando yo llegué.

Ese día, además, tuve la dicha de presenciar al actor y dramaturgo Iván Montoya en escena; y saber que íbamos a trabajar juntos en Titirindeba colmó mi alegría. Yo no sé si a otros, pero me causa mucha risa cuando me acuerdo de aquel “apoteósico recibimiento” que me hicieran en Bellas Artes; en los hermosos días en que conocí su gente y su ciudad.

Desde que llegué a Cali la imagen de Ruquita empezó tener presencia en mí. Hasta entonces me la imaginé corpulenta, tal vez a causa del nombre, que sonaba rimbomban- te: Ana Ruth Velasco. De carácter austero, como suelen ser esas señoras que viven de- trás de un buró, dando órdenes y tomando notas, con gafas a media nariz, a punto de caer. Cuando Lucienne me la presentó, casi no lo pude creer. Su porte pequeño y lo grácil en el tono de voz, era todo lo opuesto a lo imaginado. Al verla allí, frente a mí, hasta pensé: “Es una niña -me dije- pero mayorcita de edad”.

Recuerdo claramente que dijo en la bienvenida:-“Maestro Julio, al fin lo tenemos en Cali. Ahora se me cuida ¿eh? porque lo vamos a necesitar, quién sabe por cuánto tiempo”.

Me parece como un sueño hoy, pero sus palabras fueron proféticas.

El taller ó 99 días de un año

Prácticamente, desde mi arribo, estuve afanosamente trabajando, hasta la madruga- da del mismo día 16 de diciembre, en que regresé a mi país. Fueron 99 días de aquel año 1993 que jamás voy a olvidar.

Durante esa estancia fue mucho lo que se hizo y mucho lo que aprendí. Durante este período realicé las siguientes tareas:

1) Un Taller a los miembros de Titirindeba, dirigido por Ana Ruth Velasco, en el Instituto Departamental de Bellas Artes. Los participantes fueron: Sara y Jorge Muñoz, Ricardo Vivas y, eventualmente, Iván Montoya.

2) El mismo Taller con la participación de otros Grupos de Títeres de Cali, como El Grillote; Mostacho; Los Títeres de Hernán; Tutruika; Tarumba y más, como el de Albameri y Galileo, y otros cuyos nombres ahora escapan a mi mente.

3) La adecuación del escenario de la sala Julio Valencia como estudio de televisión. Y la filmación allí del Taller.

4) La conferencia sobre La dramaturgia en el teatro de Títeres el marco del X Festival Iberoamericano del títere, en el teatro Jorge Isaacs.

5) Realización del Taller El muñeco en la TV, impartido a grupos de títeres de Bogotá, en el marco del X Festival Iberoamericano de Títeres en la Biblioteca Nacional.

6) Realización del mismo taller, El muñeco en la TV, en la sede de INRAVISION . Participantes: María Teresa López Sosa, Ramiro Velazco Correa, Ciro Gómez Acevedo y Oliverio Castelblanco de la agrupación Hilos Mágicos. El taller fue coordinado por Azriel Bibliowiscz (Unicef). Filmado y editado en los estudios de Inravisión, Bogotá, Canal A.

Reflexiones pedagógicas del taller

Como el propósito del taller consistía en aprender a trasladar el lenguaje escénico de una obra de muñecos al lenguaje de las cámaras, empezamos por conocer el reperto- rio de Titirindeba, para luego seleccionar la adecuada para el ejercicio. La obra perfecta hubiese sido “Aventura Submarina” , pero tenía en su contra el uso de la luz negra, factor que la hacía más atractiva, pero de una más compleja realización, es decir, de mayor costo en su producción.

En cambio la obra “A Que te Cojo Ratón” por ser una comedia de persecución brindaba una variada gama de situaciones dramáticas muy propias, para ser adaptadas al lenguaje televisivo. Tales como Planos en Picado (encima vs. debajo); en Cris- Cross (cruzados); Contraplanos (espalda vs. fren- te) y el difícil Travelling (mover la cámara en paralelo al personaje) entre otras recursos técnicos y narrativos.

El otro paso fue adecuar los muñecos, la escenografía y demás recursos, al lenguaje de la televisión, tarea que se cumplió satisfactoriamente.

Luego siguió el proceso de grabación de la banda sonora, que empezaba con el Play Back. Consiste en grabar las voces de los actores en un estudio radial, para obte- ner una banda sonora limpias de “sonidos parásitos” y se concluía con los efectos y selección musical.

Vale decir que durante toda esta etapa, Ruquita se movía en incesantes gestiones, abriendo puertas y desbrozando caminos, facilitando el proceso del taller. Y siempre animándonos a todos como un ángel protector.

Para este montaje se usó el escenario de la sala Julio Valencia 6, a la que, de cierta ma- nera, hubo que habilitar durante ese periodo como estudio de televisión. Porque las demás ofertas, estudios reales de grabación, que- daban, sencillamente, fuera de presupuesto.

Había que ver con cuánto orgullo pasaba a diario Ruquita por allí, trayendo siempre consigo visitantes a quien mostrarles el desarrollo del taller. Recuerdo ahora que uno de ellos era Mauricio Domenechi, con quien ella compartía su goce por el hecho. Hasta ahí, el taller se desarrollaba a plenitud. La primera dificultad empezó con la iluminación. Luego la escasez de equipos, como luces y filtros, entre otros; y la más compleja: la del conocimiento, porque una cosa es para el espectáculo teatral, y otra bien distinta hacer títeres para la televisión, pues allí todo adquiere otra dimensión. Y ese saber, justamente, era lo que aportaría la experiencia del taller, pero muchas veces esto no es valorado. Pero en el taller sólo hubo titiriteros que sí deseaban aprender. Pero el problema mayor lo fue la baja resolución de la cámara que se usó para la filmación, porque no era un equipo profesional .

Pero ya no había alternativa y tampoco más recursos. Al final, todo quedaría como una experiencia pedagógica, un conocimiento para el porvenir. Pero yo sabía- en mi fue- ro interno- que Ruquita, las directivas de Bellas Artes y yo quedábamos con un cierto sabor a frustración. Pero, de ahí no pasó. Fue una pena. Una gran pena.

Otra suerte muy distinta corrió el Taller realizado en Inravisión-Unicef, que se realizó con todos los recursos exigidos, así como una cámara de alta resolución, acorde con los parámetros de la tecnología de la época. Fue un proyecto de millones, que permitió la trasmisión y comercialización del producto, y que sirvió de material didáctico, abriendo las puertas a otros proyectos de mayor envergadura. Como una serie de 13 capítulos, titulada “Mi Familia”, que se filmaría en el año 1994, de alcance internacional.

Aludo a este hecho por su vínculo con la in- tención inicial por la cual Ruquita me trajo a Colombia. En realidad toda una hazaña. Para ella la oportunidad que se me abría en Bogotá no era sino motivo de satisfacción. –Imagíneme a su lado, maestro- me decía- Colombia es una y tan importante es un niño allá como aquí-. Y como para evitar las dudas, me susurraba al oído:-Los niños son universales, maestro; no lo vaya a olvidar. Sin darme cuenta, en solo unos meses, ya éramos amigos, muy buenos amigos.

Y el tiempo pasó…

Otras oportunidades vendrían luego entre Titirindeba, Bellas Artes, Ruquita y yo, pero ya ninguna fue para trabajar el tema de los títeres para TV. De haber ocurrido se habría tenido en cuenta los factores de la primera experiencia y entonces otro gallo cantaría- nos decíamos todos-. Pero ese gallo no cantó.

Sería menester seguir hurgando, en los altos estamentos de poder- como ella decía- con la esperanza, tal vez, de hallar, como aguja en un pajar- la sensata persona que tenga a los niños, en el punto de mira de su colimador.

Qué lejos estaba yo de sospechar lo que aquel viaje representaría en mi vida futura. Lo más significativo de todo, fue la gran oportunidad de encontrarme con la cultura suramericana, particularmente la pre-colombina, que ni idea tenía de cuán viva estaba en el seno del pueblo colombiano. Pero eso no lo supe de golpe.

La primera impresión

30 años de vida en Cuba, en medio de las grandes transformaciones sociales que se estaban viviendo en el mundo, habían borrado de mi mente el modelo de una sociedad de consumo. Pero al transitar las calles de Cali, se fue despertando en mí la conciencia de aquel ayer. Los comercios abarrotados; las ventas de loterías; las casas de empeños; la congestión vial; los anuncios lumínicos. Pero lo tuvo mayor impacto en mi fue el entorno sonoro de la ciudad.

Los pregones por altavoces; la música entre bares y cantinas: revivir a los Matamoros, a Celia Cruz y la Sonora Matancera, Los Panchos, Guillermo Portabales… Entonces me dije:-“Pero, señores, esta ciudad, yo la conozco: ¿Cuándo fue que yo estuve aquí?

-“Madre mía es La Habana de 1957”-. Era igual… Entonces ¿Yo había viajado al pasado? Era asombroso. La misma gente, del mismo mestizaje, y bailando los mismos ritmos y oyendo los mismos cantares: Era increíble. Vendiendo la misma prensa; casi con las mismas noticias de aquellos tiempos míos. ¿Pero qué es esto? No puede ser. Y para colmo, vendiendo guarapo ¿Azúcar? una ciudad azucarera y con los mismos ingenios y hasta con los mismos nombres: Central Merceditas, Central Manuelita.

Y para rematar, cuando logro visitar estas industrias, veo que hasta tienen las mismas chimeneas, eran idénticas. Y los anuncios: Tome Coca-Cola; Tome Pepsi-Cola, y hasta los de Nestlé…Yo visitaba esa fábrica en mi Sancti Spíritus natal

En la Foto :Taller de Creacion con Julio Cordero, Ivan Barlaham Montoya, Ricardo Vivas Duarte, Jorge Humberto Muñoz Villarreal, Ricardo Mosquera

Y hasta vi que en un sitio ofertaban: Sandwich Cubanos ¿A dónde estoy? ¿Cómo dices que le llaman a esta ciudad? ¿La Capital de la Salsa? Veo una vitrola en un bar, del que me llega clara la voz de Celina y Reutilio: “Santa Bárbara bendita, virgen venerada y pura… ¡No! -me dije- ¿Y qué coño hace santa Bárbara aquí? Yo pensaba: Si Nicolás Guillen ve lo que yo estoy viendo, volvería a escribir Sóngoro Cosongo.

Por todo esto yo me sentía en Cali como en la Habana de 1957 que yo conocí. Así de tropeloza, alegre y bullangera. Así vi a Cali durante mis primeros días de labor en Bellas Artes. Hasta que un día Ricardo Vivas -brillante titiritero colombiano- me dijo: “-Venga Maestro, que lo llevo a conocer la cara oculta de Cali”- y me llevó a San Andresito. Una ciudad dentro de otra ciudad.

Pero si asombroso fue ese reencuentro con mi pasado, de mayor impacto me resultó ese otro encuentro con nuestra cultura aborigen. Y todo empezó, por un bolso. Ricardo me mostraba el Centro cuando observé un mágico destello en los colgantes mercados callejeros. Las mercancías pendían como racimos de frutas a todo color, y hasta imaginé oír el canto de las aves en un entorno selvático. Las tendederas de ropa artesana, mezclada con alforjas y ramos de flores, de vivos colores, con formas tomadas como de la pintura futuristas, me trasportaban a un mundo fascinante. Cuando ya no pude más, me acerqué a un bolso con el tramado y la urdimbre de un gran tapiz, que llamaba poderosamente mi atención. De una atención desmedida, como de atrapador embrujo. Tomé un bolso y al tenerlo entre mis manos, embelesado por su forma y color comprendí entonces y solo entonces lo que pudo haber sentido Cristóbal Colón cuando sus europeizados ojos quedaron fascinados por el deslumbramiento de una estética desconocida.

A partir de ese momento, siempre que fui al centro de Cali pese al abarrote de gente y de mercadería de todo tipo. Ya no tuve ojos para ver otras si no las de las indígenas de largas y renegridas cabelleras, ataviadas de colgantes, collares y cintillos. Aquellos detalles fueron el pórtico de un latir latinoamericanista que se despertó en mí, y que, de una u otra forma, siempre imprimí a todo mi trabajo posterior.

Empecé por comprarme -con el primer dinero que gané- el bolso de marras, y más tarde entré en complicidad soterrada, con dos artistas caleños: William Ruano y Nelson Rivera- uno profesor de teatro del IPC y el otro un escultor de talla mayor. Dos almas chamánicas de sangre aborigen. Continué luego con el hábito de vestir a mi esposa con batolas y mantas -que lleva siempre con orgullo-, para adentrarme después con Eduardo Galeano y el Teatro Esquina Latina, donde escribo y dirijo “El Secreto de Axtlán,” muestra fehaciente de toda esa cultura que me aspirara aquella segunda impresión.

Este viaje actuó en mí como un viaje antropológico. Debajo de mi estrato socialista estaba mi estrato capitalista y debajo, subyacente, el estrato de toda comunidad aborigen sobre cuyo suelo crecí. Todo esto y mucho más trajeron a mí la invitación de Ruquita.

Pero, ¿Quién era Ruquita? Sí de la ruta del teatro se trata, habría que preguntarle al gigante de Cali, Enrique Buenaventura.

Seguro estoy, de uno u otro modo, que en más de una oportunidad dejó escrito, por algún lugar, su idea acerca de esta máxima actriz caleña. Pero para mí fue suficiente cuando, un día me dijo bromeando, en el propio patio del TEC, y en tono de gaucho -bromeando como buen actor: “Así que vos sos el cubano que Ruca mandó venir. Debes ser bueno, porque esa pequeña es muy buena también- Y luego le crecía la boca y se le achicaban los ojos y me regalaba una sonrisa en señal de aprobación.

Las cosas son así, se dan cuando se tienen que dar. “Solo esperan a que algo les despierte el ánima” -con permiso de García Márquez-. Y con la invitación de Ana Ruth que despertó en mí esa revelación.

El rasgo más sobresaliente de su personalidad era la perseverancia. Pareciera que fuera solamente una artista amante del teatro y de los títeres, pero en realidad, su acción trascendía a niveles de mayor complejidad. Era, sobre todo, promotora y gestora de la actividad artística pro-infancia. Eh ahí la razón de su perseverancia.

Tal vez su vocación superior fue usar su energía para despertar conciencias, particularmente las que tuvieran como objeto la formación de un mejor ciudadano. Ella veía en el Teatro de Títeres el medio perfecto para formar valores en los niños. Mucho más que exigir logros en las puestas en escena, exigía su efecto en el público.

Si una obra gustaba a los niños y los valores de la misma estaban destinados a elevar sus valores éticos y estéticos, entonces, no había dudas: Esa era una buena obra. Y era buena porque era necesaria, útil, formadora, divertida y porque, sobre todo, llegaba al corazón de los niños. Esa y no otra fue su concepción del teatro de títeres: Su eficacia en los niños; y a más público, mejor.

De todo ello nace su interés por que Titirindeba, con esa misión de ente departamental que debe llegar a todos - se preparara adecuadamente para abordar un medio masivo de comunicación como lo es la televisión.

Gracias a ella tuve amigos de renombre y a otros bajo la sombra del laurel, como el vendedor de confituras que tenía su kiosco a la entrada de Bellas Artes, con quien intercambiaba palabras de insignificante apariencia, mientras quemaba el tiempo de la espera. Igual que con los propios custodios de la institución, sobre todo en las tardes de domingos vacíos de calor y que hacían mi espera más corta, con insulsas horas de palabras simples, pero que yo tomaba como bálsamos a la tristeza, que dicho sea de paso, les confesaba con toda honradez, y que les provocaba asombro, cuando me decían, simplemente Usted sí que no se amaña, Maestro.

Pero si pienso en Ruquita, involuntariamente pienso en ellos, porque los veo como frutos de ella. Siento que ando con Cali a cuesta. Es imposible evocarla aisladamente. Con ella están todos ustedes; los años que pasé con Esquina Latina; mi breve contacto con la Escuela Departamental de Teatro y su continua forja. A la cual siempre intentó vincularme. Mis colaboraciones en el Sena; mis días en la Casa de la Cultura de Bugalagrande y la de Sevilla Valle. Mi colaboración con la Universidad del Valle, junto a María Victoria Polanco, jefa de cátedra de Comunicación Social y su querido esposo- hoy fallecido- Armando Soto, a quien conocí en Tiempos Modernos TV, en estudios de la televisión de la Universidad del Valle.

Al evocarla, evoco a todo cuanto de ella emanó. Evoco su cara redonda con hilos de plata en luna llena; su sonrisa perenne y carácter afable; su palabra justa y oportuna. Evoco que nunca la vi cansada, en su paso de prisa, como cuando es corto el tiempo para cumplir responsabilidades. Al evocarla, evoco la ciudad de Cali, inundada de Centros Comerciales, abarrotada de gente apretadas que sube y baja; calles invadidas por un mar de vehículos, como serpientes que rondan el río turbio de árboles que desgajan hojas, como barcos pequeños que anclan su destino en las viejas aguas. Al evocarla, digo Jorge, Sara, Ricardo, digo Iván, Bellas Artes, Ermita, Tertulia, estatuas, María, parques, torcacitas, vuelo de palomas, jardín, flor.

Al recordarla evoco títeres, Reynel, Grillotes, teatros, TEC, Buenaventura, pensamientos, sueños, luna y sol. Digo casa, hijo, esposo y pan; al evocarla escribo y no me cansaré de evocarla, incluso en sus frases: “-Si los títeres son buenos para regar el bien la televisión lo podría multiplicar, pero como el bien no es mercancía vendible la televisión no los quiere multiplicar”. Y también:-“El bien que se siembra en los niños, es un bien que se siembra para siempre”.

Como se infiere de las cartas, Ruquita tenía al Canal Departamental, Telepacífico, en su mirilla. Era una de las metas que el propio Instituto quería y debía conquistar.

Y pregunto a todos: ¿Telepacífico sigue allí, incólume, infranqueable, como una muralla medieval, sorda a la buena intención? Estoy lejos para una respuesta concreta, pero el legado de Ruquita está ahí, Bellas Artes está ahí. Los títeres y los titiriteros están ahí, y ahí están los niños, y está ahí su necesidad.

¿Qué otra cosa falta?

Y hasta diría que la menuda figura de Ruquita, como de niña, con ese nombre casi de muñeca, no pudo haber sido por casualidad, sino por causalidad. Razón por la cual, invito a que se le recuerde como tal.

Y aunque parezca no exagero y tampoco estoy fabulando una leyenda, Aunque es posible que un día, pues todo puede suceder, digan que la vieron jugando con otro niño, a orillas del río Cali, en la zona donde está el Gato de Tejada. Ambos fueron siempre buenos amigos. Y entre ambos yo vi siempre un parecido.

Y aunque en Colombia siempre encontré oportunidades para permanecer allá yo nunca quise ser emigrante. Me bastaba con paliar la situación, ayudar un poco y sembrar amigos.

Ruquita misma me habló de esto, pero le dije que me sentía como árbol sembrado a mi suelo y ella fue toda compresión. Una vez me comentó su deseo de visitar mi país. Recuerdo que le dije; -“Avíseme, para mandar alfombrar su camino a mi casa.”- Y bajo la sombra de una sonrisa abierta me respondió; -“Es una pena, querido maestro, que el médico me prohíba montar en avión. De lo contrario, sería un placer”-

Fue así cómo supe la realidad de su salud. No es una palabra fría lo que digo, pero jamás la he pensado muerta. Para alguien que vivió como ella, no hay sitio en mi cementerio. En este sentido, recuerdo que cuando ella falleció, yo estaba en Cuba, y en mi dolor hice unos versos, -a mi modo, porque no soy un poeta- como una manera de expresar mi pésame por su pérdida. Pero no se me grabó la fecha del suceso, - aunque fue un gran suceso- sencillamente porque creí y creo, como lo postulará José Martí- que la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien con la obra de la vida. Y Ruquita la cumplió y muy bien. ¡Que piensen en la muerte los que no han cumplido!

De las cartas que le enviaba a Ruquita, nada sé. Creo que pudieron haber tomado dos caminos: el de la conservación o el de la extinción. Lo ignoro. No conservo copias. Las hice en pleno auge del Período Especial y una hoja de papel en Cuba nos era más costosa que el dinero y si la conseguías se escribían y así se enviaba, a veces con borrones, a tono con la premura de a quien correspondiera hacernos la cortesía.

¿Qué más sería? No quiero llenar cuartillas, sino dar testimonio de una vocación útil, demostrada a través de palabras que quedaron atrapadas por siempre en frágiles hojas de papel de oficinas, que he guardado con celos durante más de 20, y que ahora paso, para que otro papel las haga llegar a todo interesado, a través de sus páginas.

Con un abrazo fuerte, extensivo a todos, me despido diciendo, como allá: aquí estoy, a la orden, y en el mismo lugar, y con mi misma gente.