John Alex Castillo Valencia
A mis once años, el Valle del Cauca llegaba hasta una frontera imaginaria entre los municipios de Palmira y Rozo. Más allá de esos límites, para mí, había unos precipicios enormes donde el río Cauca caía en forma de cascada hasta "el mar de Buenaventura" en él habitaban dragones de mar que tragaban enteros a los incautos que se atrevían a navegar más allá de lo permitido. Estaba claro que mi imaginación desbordada y mi limitado tránsito por el departamento me habían generado una gran expectativa por saber qué territorios existían más allá de los sembrados de caña en los que solía jugar con mis primos.
Corria el año de 1989 cuando tuve la oportunidad de ingresar al bachillerato artístico teatral de Bellas Artes.
En aquella época solo existían dos grupos de estudiantes: "los grandes de séptimo" y "los pequeños de sextico". Los grandes tenían en su haber una obra teatral llamada "El peral de la tía miseria" los pequeños no teníamos obra porque no estábamos aún preparados para ello. Un niño pequeño y regordete interpretaba a la muerte en esa obra, su nombre era John Freddy y era la estrella del salón. Pero su familia había decidido migrar a los Estados Unidos y de un momento a otro el niño dejó un vacío en el reparto. El grupo de los grandes se hallaba ante la disyuntiva de abandonar el montaje o buscar un reemplazo.
El maestro Víctor Hugo Enríquez, quien era el director de la obra y a su vez fue quien me hizo la prueba de ingreso para el bachillerato, conocía de mi deseo irrefrenable de actuar y me invitó a asumir el personaje.
Así fue como antes de cumplir doce años pude viajar en un bus, ya no con mi familia, si no con mis compañeros de obra y el acompañamiento de dos profesores al otro polo del Valle, a Jamundí, a la zona donde creía que solo habitaban esas montañas enormes llamadas los farallones por las que se ocultaba el sol cada tarde en mi Cali del alma.
Jamundí fue el primero de los destinos "interveredales" que recorrí con el bachillerato; al bajar del bus en la plazoleta principal corrí con la cámara fotográfica de rollo largo y doce tiros a tomar una foto de ese paraje, en teoría, desconocido para mí.
Y al ver la fuente con peces vivos tuve un viaje a mis recuerdos de infancia y relacioné el lugar con una foto en la que aparezco de dos años cargado por mi madre y en compañía de mis hermanos. En realidad, estaba redescubriendo Jamundí, esta vez como artista en formación, en compañía de una tropa de pequeños locos con los mismos deseos de vivir el teatro.
No tengo una manera más significativa de recordar mi formación en el bachillerato artístico que la relacionada con los viajes. En ellos se concretaba lo que para muchos significaba la vida del artista teatral. Ya en las clases de historia de la cultura y el teatro nos habían hablado de la carreta de Tespis y de los comediantes que migraban de pueblo en pueblo, nos habían puesto la imaginación a volar sobre esos tránsitos en los que prácticamente las compañías se volvían la familia y las familias se quedaban sin la compañía de los artistas viajeros.
Cada viaje nos permitió crear nuevos lazos como grupo, con el público y también con las familias, que con el pasar de los años iban configurando su pensamiento para asumir que lo que estábamos haciendo iba en serio.
De alguna manera, para muchos padres y madres, los viajes y presentaciones del bachillerato fueron el entrenamiento para asumir que sus hijos les pertenecían también a las artes.
Hubo municipios y veredas donde fuimos recibidos y despedidos como reyes, otros donde la incredulidad y desdén reinaban a nuestro arribo y a la hora de partir, ya no nos querían dejar ir, hubo lugares en los que otros niños y niñas se contagiaron del amor por el teatro, no sólo como espectadores, si no como interesados en la formación que recibíamos; y fueron varios los integrantes destacados del bachillerato que migraron de sus municipios a buscar familiares en Cali que los hospedarán para estudiar en el bachillerato.
Todos los viajes estuvieron repletos de memorias con los cuales se podrían escribir varios tomos, pero a mí en especial me marcó mucho una experiencia vivida en el año de 1993, cuando cursando noveno grado viajamos a El Dovio con la obra "Día de difuntos" dirigida por el maestro Alberto Ocampo, bajo la técnica de lenguaje no verbal. El municipio está ubicado en la cima de una montaña que limita con Roldanillo,
Bolívar, Versalles y La Unión. Era un lugar escondido entre las nubes, donde el narcotráfico había hecho nido.
Nuestra obra no usaba la palabra y a partir de gestos y recursos paraverbales narrábamos varios de los cuentos de "El Llano en llamas" del escritor mexicano Juan Rulfo. Esto implicaba una especial atención del espectador para ir construyendo un hilo narrativo que le permitiera relacionarse con los cuadros de la obra. El aula de la escuela donde nos presentábamos estaba repleta de niños acompañados por unos pocos adultos. Extrañamente chicos y grandes parecían congelados por el frío del lugar, un frío que no sólo era el del clima, sino uno que mantenía contenida la emoción de todos.
Al improvisado camerino llegó un representante de la casa de la cultura que nos saludó en nombre de la comunidad y nos dejó saber esta perla: "ustedes son el primer grupo de teatro que se presenta en el municipio, aquí la gente sí mucho ha visto televisión". Nosotros no sabíamos que era más asombroso, si conocer un lugar donde el teatro nunca había llegado, o si, a los catorce y quince años en promedio, cargábamos con la responsabilidad de brindarle a esa comunidad su primera cucharada de teatro.
Salimos a escena y de principio a fin de la obra los espectadores parecían una foto que respiraba, el único que sudaba copiosamente, era el representante de la casa de la cultura; no sabíamos si lo angustiaba tratar de entender la obra, o si se desesperaba por ver a su gente completamente estática y boquiabierta frente a todo lo que iba pasando frente a sus ojos: vestuarios simples de color negro y ceñidos al cuerpo, telas teñidas a mano con colores tierra que se transformaban en múltiples paisajes y cosas, y todos esos adolescentes maquillados como calaveras que los miraban de frente con la fuerza que el teatro encierra.
Al terminar la función, nos tomamos de la mano y caminamos al proscenio para hacer la venia. El estruendoso silencio continuaba en el aula, los únicos aplausos que empezaron a sonar fueron los del encargado de la casa de la cultura, quien, juagado en sudor, no encontraba manera verbal o no verbal para indicarle a su gente que debían aplaudir con él para dar por terminada la presentación. Al ver su desespero, nos encaminamos hacia el camerino mientras veíamos con sorpresa como toda la gente se paró y nos siguieron en silencio hasta el salón. El silencio también nos invadió a nosotros y vivimos la desmaquillada más teatral de nuestras vidas.
El público nunca abandonó su rol y nosotros no podíamos defraudarlos; haciendo uso del lenguaje no verbal, nuestro director nos invitó a seguir el juego y vimos entonces como niños y adultos fueron acercándose a nosotros para ver como el teatro se iba marchando de su pueblo con cada pasón de algodón empapado de aceite que nos pasábamos sobre el rostro. El maquillaje iba dando paso a las pieles, los vestuarios a nuestras ropas de calle y los personajes se iban para dar la bienvenida a los artistas.
La gente se fue de pocos en una despedida silenciosa, quedamos con el representante de la casa de la cultura que ante la experiencia vivida no tuvo mas que pedirnos excusas por el comportamiento de la gente (¿aún no entiendo por qué?) y nos llevó a conocer la discoteca del pueblo.
Una compleja edificación donde hasta el suelo tenía luces y el sonido se trepaba por las paredes repletas de mármol y espejos. Un lugar completamente vacío, tal vez a la espera de la llegada de los patrones para que cobrara sentido tanta opulencia. Y todo el silencio de nuestros espectadores tuvo sentido ahí.
Los años pasaron y las experiencias formativas se fueron acumulando, inevitablemente nuestra escuela de teatro fue creciendo como espacio de formación, fuimos parte de la historia al ser el único bachillerato artístico en teatro del país (NOTA PARA FERCHO: quisiera decir de Latinoamérica o hasta del mundo, pero desconozco si fue así. Si así lo fue, quisiera darle la dimensión que merece. Ayúdame a esclarecerlo por favor) y muchos otros jovencitos seguían los pasos de esas dos primeras generaciones que abrimos la senda. Llego el año de 1994 y un montaje nos integró para celebrar la fortuna de entregar al mundo la primera cohorte de bachilleres artistas en teatro. ¿Quién no tiene su minotauro? Fue dirigida por el maestro Fernando Vidal Medina, luego de su estreno la obra hizo parte de varios eventos nacionales que nos permitieron transitar fuera de las fronteras del departamento.
Con ella viajamos dos años después a la ciudad de Pasto para participar de los zonales del desparecido Festival Nacional de Teatro. Cuando viajamos a Pasto ya cuatro de los integrantes estábamos prestando servicio en la policía como auxiliares y obtuvimos un permiso especial tanto para esa ocasión como para otra posterior en el viaje siguiente rumbo a Bogotá. Pasto y la capital del país fueron mis últimos destinos como parte del bachillerato, fueron importantes experiencias no sólo por el carácter de los eventos en los que se enmarcaban nuestras presentaciones, sino también por la entereza y madurez con la que los vivimos, siendo algunos ya mayores de edad.
De la mano de la actuación ya por fuera de la institución, bien fuera como actor o con grupos independientes integrados por generaciones de egresados del bachillerato y la licenciatura, han sido muchas las carreteras y destinos que he transitado dentro y fuera del país, y otro recuerdo me brinca al corazón para hacerlo saltar... El cine me dio la oportunidad de visitar París y en un tiempo libre me di una vuelta de casi 6 horas en el museo Louvre. Estando ahí, frente a la hermosa escultura de "Eros y Psique" del italiano Antonio Cánova, maravillado por la hermosa talla sobre mármol recordé la frase que solía usar Amelía Martínez, nuestra maestra de Historia de la cultura y el teatro en octavo grado: "Cuando visiten Europa..." Y luego nos describía con detalle cada obra escultórica, arquitectónica o plástica a la que hacía referencia con sus diapositivas.
Un salón de clase a oscuras, el ruido del ventilador del viejo proyector, las desgastadas diapositivas y el silencio asombrado de los jovencitos que llenábamos el salón fueron la tierra sobre la que nuestros maestros nos sembraron vocación, nosotros nos encargamos de cuidar de esa siembra y cosechar, con el tiempo, los frutos que hoy por hoy nos hacen las personas que somos, algunos seguimos por los intrincados caminos del arte, otros optaron por otras profesiones y vidas, pero todos llevamos en nuestros recuerdos los instantes en los que soñar era parte del ejercicio diario de unos muchachitos que se formaban para la vida. De mi mente y mi corazón nunca podrán desaparecer esas gratas experiencias que me brindaron los viajes. En mi memoria habitan las carreteras y los lugares a los que ellas me llevaron: lugares físicos y emocionales que dejaron huella y en los que de alguna manera dejamos huella con nuestro andar.
El bachillerato fue para mí la experiencia más seria y catapultadora de mi vida. Y lo fue así porque nunca quise otra cosa en el mundo que llegar a ser un artista teatral. Y ese deseo sigue siendo el motor de mi vida pues mis maestros me enseñaron que el camino nunca se acaba, que la satisfacción nunca llega, que la búsqueda es interminable y el punto de llegada se vuelve de partida "per sécula seculorum". Entonces cada vez en mi maleta empacaré los sueños entre las medias y calzoncillos, las expectativas se abrirán espacio entre las camisas, justo al lado donde los retos acompañarán a los pantalones y el ego se refundirá en los zapatos que me mantienen pegado a la tierra. Más carreteras y memorias esperan por mí