Carlos Enrique Castañeda
Cuando yo era niño no existían los niños hiperactivos, sino los inquietos e insoportables. Yo fui uno de ellos. Razón por la cual mis papás me apuntaron a cuanto curso pudieron con tal "canalizar mi energía" fuera da casa y que no me quedara haciendo algún experimento -como yo llamaba a mis travesuras- o peor aún, que a causa de ellos terminara en la sala de urgencias de la Clínica de los Remedios como varias veces sucedió.
Me llevaron a la escuela de música, de futbol, cursos de natación, un taller de cometas y de macetas, amén de cuantas vacaciones recreativas programaron a los alrededores de nuestra casa.
De todos regresé aburrido o cansado, pero sin ganas de volver a ningún cursito de esos, innumerables fueron las pataletas para no repetir. Cansados o resignados, mis papás me dejaron en casa y como mi hermana menor era apenas una bebé, no tuve más alternativa que inventarme varios amigos imaginarios a quien yo mismo daba cuerpo y voz disfrazándome con las cosas que encontraba en los armarios de la casa, igual que los actores que veía en el Teatro Municipal en el infantil de los domingos.
Mi madre que era modista y por aquel tiempo ya tenía una buena cantidad de clientas, recibía en las tardes a las emperifolladas señoras para tomarles medidas, probarles las ropas y sostener esas conversaciones interminables que tienen las señoras cuando van a hacerse ropa o a pintarse las uñas. Y para entretenerme, mi mamá me dejaba estar en el antejardín de la casa desde donde disfrazado de vaquero, hacía las veces de vigilante cuidando los carros de sus clientas. Yo era feliz jugando a ser vigilante y las señoras siguiéndome el juego me regalaban una que otra moneda, entonces descubrí que es maravilloso que a uno Je den dinero por hacer lo que le gusta.
A una de esas clientas no le bastó con darme unas monedas, sino que se sentó a charlar con "el vigilante" (o sea yo) y yo le seguí el juego. Esa señora se llamaba María Teresa de Carvajal quien le dijo a mi madre que me llevara al Conservatorio de Bellas Artes, que ella misma me pagaría un curso en la escuela de teatro...
Creo que mi mamá me llevó más por el compromiso con doña María Teresa que por mí, sabía que el entusiasmo me duraría un día y que tras una pataleta me tendría que dejar en casa. Pero no fue así: ¡volví eufórico! Había encontrado un lugar donde se la pasaban jugando a lo mismo que yo. Así que mi madre, cada vez más ocupada con mi hermana y su negocio, tuvo que enseñarme a tomar un bus que me llevara desde la avenida de las Américas hasta la plazoleta de Avianca, porque yole armaba un patatús sino me llevaban a jugar a la escuela de teatro.
Tenía unos ocho años cuando empecé haciendo talleres en la escuela de teatro de Bellas Artes, desde entonces lo que era un juego fue convi1tiéndose en una necesidad y esa casa en mi casa, y esos amigos en mis hermanos. Allí pasé las tardes de mi última infancia como envuelto en un delirio de telones, máscaras, músicas y vestuarios; la biblioteca del tercer piso descubrí a Quiroga, Rulfo, García Márquez y un libro fantástico de los Gnomos. Agazapado en la oscuridad de la Sala Julio Valencia vi extasiado los ensayos de mis maestros (algunos de ellos actores del TEC) y con la complicidad de los p01teros de la Beethoven escuché mis primeros conciertos interpretados por la Banda Departamental.
Durante dos años no hice otra cosa que pasármelo bien -y sin saberlo aprendía un montón de cosas-. También me lo pasaba que no tenía una opción distinta de permanecer en esa especie de 'parque temático de las artes', por eso cuando nos dijeron que al siguiente año se abriría un bachillerato teatral, no dudé ni por un segundo que yo sería parte de esa historia. Y aunque mi mamá quiso meterme en un colegio religioso y mi papá en una academia militar, tuve la osadía de convencerlos que ese lugar era el que yo necesitaba (en el fondo estoy seguro que ellos también lo sabían).
Ese ´experimento formativo' llamado Bachillerato Artístico en Teatro, nació bajo la dirección del maestro Helios Fernández que con esa voz profunda nos asustaba y con esa sonrisa dulce volvía y nos hipnotizaba, el olor de su pipa por toda la casa delataba su presencia y entonces ya no gritábamos ni corríamos por el frente de su oficina, sino que debíamos jugar en los salones o en las afueras de la enorme casa como los niños en el jardín del gigante de Wilde. Acompañándolo en esta empresa habían otros hombres y mujeres de tablas como Mario Cardona, Nicolás Buenaventura, Carlos Poso, Aldemar Vanegas, Aída Fernández, Carlos Pontón, Oiga Lucía Ruíz, Amelia Martínez, Harold Escobar y un pequeño grupo de académicos como Luz Marina Álvarez, Miriam Ayala, Nelly Gutiérrez o Luis Francisco Cornejo que siendo biólogos, matemáticos, lingüistas e historiadores junto con los a1tistas, tuvieron la gracia quijotesca de querer domesticar a una turbamulta de más de sesenta pequeños salvajes para convertirlos en actores. Admirable locura.
Los dos primeros años de ese bachillerato fueron intensos, complejos y a veces casi caóticos, no sólo por las largas jornadas escolares que iban desde las 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde, sino y sobre todo porque muchos estudiantes despistados no lograban entender que el buen rendimiento en las áreas artísticas no suplía las carencias de lo académico, que debíamos cumplir con el mismo ahínco en ambos componentes. Entonces se les fue apagando el entusiasmo mientras que por otra parte despe1tábamos a una adolescencia frenética. Además, para las familias no era normal esto de pasarse casi todo el día en la escuela e incluso sacrificar los fines de semana preparando muestras y presentaciones. Al final de ese segundo año, tan solo permanecíamos en este 'laboratorio formativo' la mitad de los chicos que habíamos empezado y teníamos una nueva directora: Miriam Cecilia Mora.
En esta nueva etapa, además de incorporarse jóvenes profesores como Víctor Hugo Enríquez, Sandra Isabel Buraye, Luis Alberto Sánchez y Danly Arango; se dieron algunos cambios necesarios para garantizar la continuidad del proyecto, pero tal vez el más significativo fue que se formalizó el convenio con el Instituto Politécnico Municipal para desarrollar las actividades académicas en sus instalaciones y bajo su tutela, es decir, que de ahora en adelante ya no éramos tan solo parte de Bellas Artes sino también del "Poli" como lo empezamos a llamar desde entonces. Obviamente esta decisión encendió nuestra rebeldía, pero por mucho que 'pataleamos' tuvimos que entender que no había muchas más opciones si queríamos seguir adelante con el sueño de formarnos como actores. Así que con más resignación que entusiasmo empezó nuestra alternancia entre una y otra casa.
Este momento de transición finalizó con la llegada de Fernando Vidal a la dirección de la Escuela. Claramente el plan formativo requería ser reordenado, ajustado a las exigencias académicas y artísticas que permitieran consolidar y proyectar a la Escuela de Teatro de Bellas Artes en el entorno regional y nacional. Y otra vez apareció nuestra insatisfacción y eterna terquedad adolescente: no queríamos más cambios, ni más directores, ni más ajustes, estábamos cansados de ser los 'conejillos de indias' para poner a prueba cuanto se les ocurría -decíamos con vehemencia-; sin embargo, al poco tiempo empezamos a ver y sobre todo a vivir el cambio de paradigma que implicó la llegada de Vida! a la Escuela.
Nos encarretó a todos en una nueva comprensión de lo que estábamos haciendo, nos hizo entender la importancia y el sentido de transformación que podría tener esta formación artística temprana no sólo para nosotros y nuestras familias sino para nuestra ciudad, para nuestro país. Nos ayudó a entender este oficio como una opción de vida, a proyectarnos más allá de las luces y el escenario como constructores de nuevas realidades mediante la pedagogía y el necesario vínculo de las artes y lo social.
Así rompimos el ostracismo de nuestro idílico 'mundito mágico' y vinieron los encuentros con otras escuelas, con otros grupos y artistas locales, regionales, nacionales e internacionales, lo que nos obligó a repensarnos, a reciclarnos a liberarnos de prejuicios, a confrontarnos con nuestros propios imaginarios... nos obligó a crecer, a madurar. Y con "MOMO" nuestro primer espectáculo bajo su dirección, una obra literaria de Michael Ende adaptada por él mismo para la escena, fuimos seleccionados para presentarnos en los grandes festivales, en los grandes teatros de Colombia y entonces nos dimos cuenta que había un mundo que iba más allá de las escaleras del Conservatorio, nos dimos cuenta que había un mundo de posibilidades por explorar y construir.
Que esta elección que habíamos tomado con la ingenuidad infantil y la energía desbordada de nuestros 10 años tenía una trascendencia insospechada si estábamos dispuestos a perseverar en la brecha de las tablas.
Hoy, después de más de veinte años de haber sido uno de los once estudiantes que se graduaron en la primera promoción del Bachillerato Artístico en Teatro, sigo siendo inquieto e insoportable (actuó, dirijo, enseño y lidero mi propia compañía) hasta el punto de que mis padres y ahora mis hijos me dicen que deje de meterme en tanto proyecto. Sin embargo, puedo decir que en gran medida soy el artista, el profesor, el padre y el ciudadano que soy gracias a lo que viví y aprehendí en mis años de bachillerato. Que tengo la fortuna de seguir contando con la amistad y el cariño de muchos maestros y compañeros que hoy son como parte de mi familia. Y que aunque he tenido el privilegio de seguir formándome y desarrollar mi carrera como artista teatral en distintos lugares, siempre que vuelvo a Cali y paso por el frente del conservatorio no puedo dejar de enternecerme y sonreír agradecido porque esa fue mi casa durante muchos años, una casa de puertas abiertas donde sé que siempre seré recibido con el mismo cariño y respeto de siempre.